sábado, 19 de abril de 2014

MUERTE Y RESURRECION DE JESUS




MUERTE Y RESURRECION DE JESUS

Sepultado también en vergüenza. Marcos (15, 42-47)

Con el atardecer se echaba encima la víspera del sábado de Pascua, el más solemne del año. La muerte de un crucificado podía prolongarse días, hasta que moría por asfixia, sin fuerzas ya para soportar el dolor que suponía incorporarse para respirar.

Los crucificados no podían quedar en la cruz durante la fiesta. Después de acelerar su muerte, serían echados en la fosa común, que quedaba en el lado poniente, donde comenzaba la vertiente de la Gehenna, según datos que me dieron mis antepasados. Pero Jesús ya había muerto.

Había un hombre muy respetado, miembro del Sanedrín, llamado José de Arimatea. Un hombre que simpatizaba con Jesús y cuya esperanza en el Reino se había fortalecido al escucharlo. Aunque no era de sus discípulos, fue el único que se atrevió a ponerse en público de parte de Jesús y, armándose de valor, fue donde Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús para enterrarlo.

Eran apenas alrededor de las cuatro de la tarde. Y a Pilato le extrañó que hubiera muerto tan pronto; para cerciorarse llamó al capitán romano y le preguntó si era cierto que hubiera ya muerto. (¡Como si no lo hubieran destrozado con los azotes!. ¡Como si no lo hubiera deshecho interiormente la traición, el abandono, las burlas!). Informado por el capitán de que ya había muerto, le concedió el cadáver a José. Este fue a comprar una sábana mortuoria, y se dirigió hacia la cruz con algunos de sus sirvientes, descolgó el cuerpo, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca, en donde nadie había sido enterrado. Luego empujaron la piedra de la entrada, para cerrar bien la tumba, y se fueron. A María Magdalena y María de José se les quedaron grabados todos los detalles del lugar donde lo pusieron.

Eso era todo lo que se podía hacer por él: rescatarlo de la infamia de ser enterrado en la fosa común. Pero las costumbres judías eran tan inflexibles que tuvo que ser enterrado en un sepulcro en donde no hubiera sido sepultado nadie antes, porque quien había muerto así, fuera de la ciudad, como maldito, no podía mezclar sus restos con los de los santos de Israel. Al final mismo la infamia sellaba, con la piedra, su destino.


SIN NADA QUE ESPERAR

Llegó la noche con que comenzaba el Shabbat de Pascua. ¿Qué podían celebrar?. Muerto Jesús se había muerto las ilusiones por la liberación. Otro más en la ya larga serie de pretendientes a Mesías; otro más también eliminado por razones de Seguridad Nacional y por la defensa de los derechos de Dios. No tenían nada que celebrar ni con qué hacerlo, porque ni se les había ocurrido preparar nada. Algunos incluso sentían que algo muy íntimo de su fe judía se había roto. No había habido tiempo para prestarle los últimos servicios al cuerpo de Jesús. El sábado se les había echado encima, y las mujeres que querían ungirlo no habían podido. Tan pronto como les fue posible, una vez que pasó el sábado, se dirigieron á cumplir esta triste tarea.

Llegó la mañana. Con el mal sueño, lleno de pesadillas, de recuerdos, ni Pedro ni ninguno de los que estaban en la ciudad, escondidos por miedo, había logrado aclararse nada. Era la Pascua más absurda que había vivido. Era, más bien, una anti-Pascua, una Pascua de opresión y de muerte. En Egipto Yavé había pasado por las casas de los Israelitas, marcadas con la sangre del cordero, rescatando sus vidas; ahora, el Abba, ante la cruz de Jesús, había pasado de largo...

Se puso el sol, y comenzó el primer día de la semana. La decisión estaba tomada. Había que desandar el camino y volver nuevamente a la fe de los padres, que creyeron superada por Jesús. Tenían que dejar Jerusalén, muerte de todo lo que habían esperado. Terminado el descanso había que emprender el viaje de regreso a Galilea. Y mientras más pronto, mejor, para dejar enterrada en Jerusalén la pesadilla, y para rehacer pronto la vida.

Una última mirada al sepulcro (16, 1-8)

Los hombres eran más pragmáticos. Aceptaban que ya no había nada que hacer. Por mucho que les doliera. Pero las mujeres no se resignaban. No habían podido terminar los ritos funerarios con Jesús, porque se les echó encima el Shabbat. No podían dejarlo así nada más, olvidado en el sepulcro para siempre. Tenían que ir a ungir el cuerpo rindiéndole así su último homenaje de amor. Aun no creen en la resurrección de Jesús! 16:1

Apenas se había puesto el sol, dando por terminado el descanso del Shabbat, fueron a comprar perfumes para embalsamar el cuerpo. Y en cuanto despuntó el alba, se fueron a toda prisa al sepulcro. Ni siquiera habían pensado en algo fundamental: ¿Quién les iba a mover la piedra del sepulcro para poder entrar?. Varios hombres se habían necesitado para rodarla. Y ellas ni siquiera habían querido pedir ayuda a los discípulos, que no querían saber ya nada del sepulcro, y lo único que querían era regresarse a Galilea.

Entraron en el huerto donde estaba excavado el sepulcro y de pronto se quedaron dudando, y miraban alrededor, a las otras tumbas que había allí. ‹‹Estás segura de que esta es la tumba?››. ‹‹Segurísima, decía María Magdalena; ¿cómo crees que se me olvidará algún día un solo detalle de todo lo que tiene que ver con él?››. Porque la piedra estaba rodada a un lado, y eso que era muy grande, y la tumba estaba abierta.

Con un temor creciente decidieron asomarse dentro de la sepultura; la luz de día apenas comenzaba y no les permitía ver adentro. Y al entrar vieron que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Había un joven, vestido de blanco, resplandeciente, sentado al lado derecho, y al verlo se asustaron. ¿Quién era?. ¿Qué hacía allí?. ¿Dónde estaba Jesús?. ¿Qué habían hecho con él?.

Supongo que ahora ya pueden ustedes leer detrás de los símbolos: era un ángel. O sea, que cuando entraron las mujeres al sepulcro tuvieron una experiencia de Dios, que les hacía comprender lo que había pasado con Jesús. El ángel les dijo:

‹‹No se asusten. Yo sé que buscan a Jesús el de Nazaret, el Crucificado. Resucitó, por eso no está aquí. Vean la losa en la que lo dejaron hace tres días. Pero no se queden aquí, porque en este lugar no hay nada suyo. Y vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ustedes a Galilea, como les dijo antes de morir; quien lo siga, quien prosiga su causa, ése lo verá resucitado››.

Oyeron aquello las mujeres y temblando salieron despavoridas del sepulcro; tal era el espanto que se había apoderado de ellas; y regresando a casa no le dijeron nada a nadie, porque tenían miedo...

La Resurrección es el hecho central de toda la fe cristiana.
(1) Jesús no es el personaje de un libro, sino una Presencia viva. No basta con estudiar la historia de Jesús como estudiaríamos la vida de una gran figura histórica. Puede que empecemos por eso, pero debemos pasar a encontrarnos con El.
(2) Jesús no es un recuerdo, sino una Presencia. Las memorias más queridas se desvanecen. Los griegos tenían una expresión para describir el tiempo, que quiere decir el tiempo que borra todas las cosas. Hace mucho que el tiempo habría borrado el recuerdo de Jesús si no fuera porque Él ha seguido siendo una Presencia viva con nosotros para siempre. Jesús no es alguien de quien discutimos, sino Alguien con Quien nos encontramos.
(3) La vida cristiana no es la vida de una persona que sabe de Jesús, sino la vida de una persona que conoce a Jesús. Hay una diferencia insalvable en el mundo entre saber algo acerca de una persona, y conocer a una persona. Casi todo el mundo sabe algo del Presidente de los Estados Unidos; pero no tantos los conocen. El más grande erudito del mundo que supiera todo lo que se puede saber acerca del Jesús de la Historia es menos que el cristiano más humilde, que Le conoce.
(4) La fe cristiana tiene una cualidad interminable. No debe quedarse nunca parada. Porque nuestro Señor es un Señor vivo hay nuevas maravillas y nuevas verdades esperando todo el tiempo a que las descubramos.
Pero lo más precioso de este pasaje está en dos palabras que no aparecen en ningún otro evangelio.  Id -dijo el mensajero-, decid a Sus discípulos y a Pedro.» ¡Cómo tiene que haber emocionado el corazón de Pedro ese mensaje cuando lo recibió! Debe de haber estado torturado con el recuerdo de su deslealtad, y de pronto llega un mensaje especial para él. Es característico de Jesús el pensar, no en el mal que Pedro le había hecho, sino en el remordimiento que le estaba asediando. Jesús tenía mucho más interés en confortar al pecador penitente que en castigar su pecado. -Como ha dicho alguien: «Lo más precioso de Jesús es que nos confirma Su confianza en el mismo terreno en que hemos sufrido una derrota
Sólo puede experimentarlo como resucitado quien regrese a Galilea a seguirlo, caminando tras él, prosiguiendo su causa. El seguimiento es la única expresión válida de la fe en él. Y para eso escribí mi evangelio: para que sepan dónde queda Galilea y qué hizo Jesús allí, y así puedan seguirlo.

Galilea para ustedes hoy es su propia historia humana. Es en ella donde Jesús sigue caminando. Allí prosigue su causa, la causa del Reino de su Padre, la causa de la vida de los pobres. Sigue compartiendo con ellos la mesa y el pan, sigue dando vista a los ciegos, haciendo hablar a los sin voz, poniendo en pie al pueblo para que camine. Sigue conviviendo con los pecadores, regresando al pueblo la esperanza que el centro le había secuestrado. Sigue desenmascarando los intereses que se ocultan detrás de las apariencias de piedad, sigue enfrentándose con el Centro, sigue dando su gran mensaje de libertad: que el hombre está por encima de la Ley, que un culto olvidado del hombre es una perversión de la fe, que todo Templo que se convierta en cueva de ladrones será destruido.

La vida cristiana se vive en la presencia y el poder del Que fue crucificado y ha resucitado.  AMEN!!

Antonio Armenta Romano
Lic. En Ciencias Religiosas P.U.Javeriana

domingo, 13 de abril de 2014

LA LLEGADA DEL REY


LA LLEGADA DEL REY Marcos 11:1-26 

CONTEXTO:
¿A qué iba Jesús a Jerusalén?. Quizá para entender esto necesiten ustedes algunos datos para situarse.

Era la semana de preparación de la Pascua, la fiesta de la liberación de Israel. Pero era un pueblo dominado en su propia tierra, que nunca se resignarían a tener otro Señor fuera de Dios. Todo el pueblo mantenía la esperanza del rescate de Dios, y muchos vivían a la búsqueda de señales del momento, para saber qué tocaría hacer y a quién seguir. Se esperaba que el Mesías se manifestara en Jerusalén, en el Templo, y reuniera a todo el pueblo para esa lucha definitiva que regresara a Israel su libertad perdida.

Jerusalén tendría para entonces unos treinta mil habitantes; y lo peregrinos que iban cada año serían unas tres veces más, como unos cien mil. Era el momento más importante para la ciudad, desde el punto de vista religioso, pero también desde el punto de vista político (la confirmaba como centro del país) y económico (por la cantidad de dinero que entraba, por diezmos, por limosnas, por impuestos y por la compra de corderos para sacrificios y para la cena pascual). -Un cálculo muy conservador: por el impuesto de la didracma para el templo, que obligaba incluso a los judíos de diáspora, entraban a Jerusalén unos quince millones de denarios al año-.

Ya pueden ustedes ver la importancia que tenía el Templo para los habitantes de Jerusalén: era su motivo de orgullo, la clave de su identidad judía y la fuente de su economía: muchos vivían del comercio de animales para los sacrificios; otros (l8.000, decían algunos) trabajaban en la construcción, que aún seguía en tiempos de Jesús, otros trabajaban en el servicio del Templo (unos 7.000 sacerdotes, y unos 9.000 levitas, tal vez). Las cuatro principales familias sacerdotales (la de Anás, la de Boetos, la de Phiabi y la de Kamith), que se iban turnando en el ejercicio del sacerdocio, habían amasado sus grandes fortunas gracias al comercio del Templo. Y aunque habían perdido prestigio ante el pueblo, por la manera lujosa como vivían, por la colaboración que prestaban a Roma y por la manera como abusaban de la gente, sin embargo el papel que jugaban en el Templo era tan importante que mantenían sin dificultad su posición privilegiada. El Templo era la síntesis de la historia de la elección del pueblo judío y clave para su identidad como pueblo elegido. El primer Templo lo había construido Salomón hacía novecientos años, A. C. Cuando se separó el reino del norte, y Jeroboam edificó dos lugares de culto, para que los israelitas no añoraran el Templo, pareció resquebrajarse su importancia, pero la destrucción de Israel bajo los asirios fortaleció su primacía. Pero luego vino la catástrofe jamás pensada: la cautividad de Babilonia y la destrucción del Templo fue la prueba más fuerte que sufrió su fe en Dios. Sin embargo apenas sesenta años después se inició la reconstrucción del Templo y, con él, también del pueblo.

Su época de mayor esplendor se inició cuando Herodes comenzó a reconstruirlo, unos quince años antes de que naciera Jesús. Era un proyecto que superaba en grandeza al Templo de Salomón y, por supuesto, al que se había reconstruido cuando el regreso de Babilonia, y que varias veces había sido destruido y reconstruido.

En el centro del Templo estaba el Santo de los Santos, el lugar interior donde estaba el Arca de la Alianza, las Tablas de la Ley y la presencia de Dios mismo; una enorme cortina pesada, hecha con pelo de camello, lo separaba de la recámara anterior, que era el Santo. La presencia de Yavé era la gloria de Israel y su distintivo entre las naciones.

Pero la santidad no toleraba la impureza; por eso ningún profano podía estar en presencia de Dios sin morir. Por eso ningún impuro podía entrar en ese lugar. Sólo el sumo sacerdote entraba, una vez al año, y revestido de todos sus ornamentos, para que Dios no lo matara. Ese privilegio era fuente de discriminación y separación del sacerdote y su familia respecto del pueblo, que no podía ser invitado a comer lo que tocaba al sacerdote como ofrenda sacrificial. Una de las contradicciones del momento era que los ornamentos los guardaba Roma, y se los prestaba al sumo sacerdote una vez al año para ese servicio sacro. Así que el acceso al Dios de Israel estaba también bajo dominio romano.

Ningún judío y menos si vivía en Jerusalén, se quedarían indiferente ante cualquier crítica o ataque al Templo. Vivían un conservadurismo nacido al mismo tiempo de su fe religiosa y de sus intereses económicos y políticos.

En esta situación Jesús decidió ir a Jerusalén. Y seguirán preguntándose: ¿A qué iba? ¿A celebrar la Pascua, y lo sorprendió la muerte? ¿O fue una acción desesperada, casi suicida?. Hay quienes así lo han pensado. Pero nada de eso le hace justicia.
De madrugada salieron de Betania; era el lunes. Rumbo a Jerusalén Jesús iba inquieto. Iba desazonado, con una sensación que no sabía definir; y, sobre todo, iba dándole vueltas a lo que pensaba hacer, y que no había comentado con ninguno de sus discípulos. ¿No sería demasiado riesgo? ¿Cómo reaccionaría la gente de Jerusalén? ¿Y los sacerdotes, los comerciantes, los escribas?

Jesús no dejaba las cosas para el último momento. Sabía lo que iba a hacer, y tiempo atrás había hecho los preparativos con un amigo. Cuando envió por delante a dos de Sus discípulos, les dio una consigna que había concertado de antemano: < El Señor lo necesita.» Esto no fue una decisión. Improvisada y repentina de Jesús. Fue algo hacia lo que se había ido desarrollando toda Su vida.
Betfagué y Betania eran aldeas cercanas a Jerusalén. Probablemente Betfagué quiere decir casa de higos, es decir, región abundante en higueras y el comercio de los higos; y Betania quiere decir casa de dátiles, por razones parecidas. Deben de haber estado muy cerca de Jerusalén, porque sabemos por la ley judía que Betfagué era una de un círculo de aldeas que marcaban el límite de lo que se podía andar en sábado, es decir, cosa de un kilómetro; mientras que Betania era uno de los lugares dormitorio para los peregrinos de la Pascua cuando Jerusalén estaba llena. ¿Se imaginan ustedes que alguien con pretensiones de organizar una guerra contra alguien tan poderoso como los romanos entrara en su ciudad?. Pues cuando se acercaban ya a Jerusalén, cerca de Betfagué y Betania, a unos 3 km de Jerusalén, junto al monte de los Olivos, llamó a dos de sus discípulos y les dice: ‹‹En el pueblo de enfrente se van a encontrar un burrito amarrado, que todavía nadie ha montado. Desátenlo y tráiganlo. Y si les preguntan que por qué hacen eso, sólo díganle que yo lo necesito y luego se lo regreso››.

Quizá era algo que Jesús había acordado previamente con el dueño de aquel animal, pero que no quería hacerlo muy público por lo arriesgado de lo que estaba preparando. El caso es que cuando ellos estaban desamarrando al burrito, se les acercaron unos a preguntarles qué estaban haciendo. Les explicaron lo que Jesús les había dicho, y entonces los dejaron. Y empezó a correrse la voz de que Jesús había llegado a Jerusalén.

En ese burrito iba a entrar a Jerusalén. Era la manera más clara de decirles: ‹‹No esperen de mí un mesías guerrero, al estilo de David; yo soy otra cosa››.

La gente seguía juntándose. Los que habían venido con él de Galilea echaron sus mantos sobre el burro y él se montó y echó a andar hacia la ciudad. El entusiasmo empezó a cundir. ‹‹¿No será el Mesías, que viene a manifestarse en Jerusalén?››, se preguntaban. Y tendían sus mantos a su paso, y cortaron ramos de plantas y pronto aquello fue un solo grito que fue contagiando un deseo, casi una certeza: ‹‹¡Sálvanos, Rey bendito!. ¡Bendito el reino de nuestro Padre David, que nos viene en nombre del Señor!. ¡Sálvanos desde el cielo!››. La esperanza de liberación se hizo clamor popular, agitar de palmas, luz en los ojos, esperanza en el corazón.  V: 11 Observó todo en el Templo. Y cuando ya estaba oscureciendo, Jesús salió de la ciudad y se fue nuevamente a Betania. Todos iban callados; tampoco ellos se atrevían a preguntarle nada. Pero sentían que se estaban metiendo en la boca del lobo.

Llegó el martes. V: 12

No había comido y tenía hambre. Era la ocasión de hacer otra acción simbólica de tipo profético. Vio una higuera, (el árbol en que tantas veces simbolizaron los profetas al pueblo de Israel) llena de hojas y, aunque no era tiempo de higos, fue a buscar alguno para comer. Claro, lo único que encontró fueron hojas. Y Jesús, frente a sus discípulos que lo estaban viendo y oyendo, maldijo la higuera: ‹‹¡Nunca jamás volverá nadie a comer frutos de ti!››.

No era un capricho; era un símbolo de lo que ahora iba a hacer, también al estilo de los profetas. Llegaron a Jerusalén y, en cuanto entró al Templo, comenzó a echar fuera a todos los que vendían animales, junto con los que compraban; y volcó las mesas de los que cambiaban dinero judío por romano, y tiró los puestos de los que vendían palomas para los sacrificios de purificación de los pobres, y no permitió que nadie más atravesara el Templo cargando leña, animales, pieles, nada. Era como una toma del Templo.

Jesús paralizó todas las actividades del que era el corazón del sistema religioso, convertido en el gran negocio: interrumpe el culto, los trabajos de la reconstrucción, que aún seguía, y toda la actividad económica que allí tenía su sede. Era tal su decisión y la fuerza de su mirada que nadie se atrevía ni siquiera a reclamarle. Y una vez pasado el primer momento de sorpresa, cuando se fue calmando el griterío que suscitó su acción, comenzó a explicarles: ‹‹Mi Padre tenía una casa para que cualquiera de sus hijos, de cualquier nación que fuera, viniera a hablar con Él; pero ustedes han aislado a Dios en una celda y prohíben a sus hijos que se acerquen a Él, bajo pena de muerte; han inventado tantas ocasiones de pecado y tantas leyes de purificación y tantas necesidades de sacrificios que se han hecho indispensables para tratar con él. Se han apoderado de ella y cobran la entrada. La han convertido en cuerva de salteadores en la que ustedes tienden sus emboscadas para asaltar a los pobres que vienen a hablar con su Dios››. (No les dijo simplemente ‘ladrones’, sino ‘salteadores’, ‘bandoleros’, gente que ejerce la violencia para robar. Hubo una época en que las palomas para los sacrificios de los pobres llegaron a venderse en cincuenta denarios de plata, o sea, lo equivalente al salario de cincuenta días...).

También los esenios estaban en contra de la administración del Templo, que debía ser purificado. Jesús estaba desenmascarando directamente a los sacerdotes y a los comerciantes. Jesús iba más allá: no buscaba su purificación, después de la cual pudiera servir nuevamente al culto de Dios de manera recta; lo estaba declarando inútil, estéril. Esa cueva de salteadores era un bello edificio, pero había perdido su sentido y ya ‹‹nadie más debía buscar en él frutos de vida››.

Los discípulos lo miraban asombrados. Nadie podía imaginarse que el Mesías viniera a anunciar la muerte del Templo, orgullo y centro de la vida judía. ¿No se daba cuenta de que ahora sí estaba pisando el terreno más peligroso que jamás había pisado?. Todos los otros choques que había tenido con los escribas y fariseos de Galilea no eran nada comparado con lo de este momento. Estaba minando los cimientos mismos de la identidad judía.

Los sumos sacerdotes y los escribas lo estaban oyendo, ocultos entre la gente, y andaban buscando cómo acabar con él. Pero le tenían miedo, porque toda la gente se había quedado muy impactada por lo que acababa de hacer; nadie se había atrevido a desenmascarar la explotación que se ocultaba bajo el velo de religión; nadie había salido de esa manera al rescate de Dios y de su gloria; nadie había hablado así de los derechos del pueblo a la cercanía del Padre.

V: 19 Cada día y muy de mañana -porque quería llegar pronto al Templo- pasaron otra vez cerca de la higuera del día anterior. Se había secado desde la raíz. ‹‹¡Oye, Jesús, -le dijo Pedro-, la higuera que maldijiste ayer está totalmente seca!››.V:20

Y le dijo Jesús: ‹‹No es la higuera; es el Templo lo que está seco. Ustedes tienen miedo ante lo que he venido a hacer. Les parece una pretensión absurda la que me ha traído acá. Porque no tienen fe. Si la tuvieran, le dirían al Monte ese de Sión ‘¡arráncate y arrójate al mar!’, y le dirían al Sistema religioso ese, que ha pervertido el nombre de Dios, ‘¡estás acabado!’, y así sucederá, con tal de que no duden en su corazón. Lo que está en juego en esta acción que realicé contra el Templo es el nombre del Padre, traicionado por los que se han pretendido apoderar de él. Todo ese sistema que está fundado en él ya no da vida sino muerte, y tiene que ser destruido. El Padre no está encerrado en el Templo, ni es el acercarse a Él lo que da muerte al hombre; es más bien la lejanía de El que hace al hombre morir. No son sacrificios de animales lo que El quiere, sino que el pobre viva. Tal como lo dijo Jeremías: ‘Cuando saqué a sus padres de Egipto no les ordené ni hablé de holocaustos y sacrificios; esa fue la orden que les di’: ‘Obedézcanme y yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo; caminen por el camino que les señalo y les irá bien’. Y también decía de parte de Dios: ‘Si enmiendan su conducta y sus acciones, si juzgan rectamente los pleitos, si no explotan al emigrante, al huérfano y a la viuda, si no derraman sangre inocente en este lugar, si no siguen a dioses extranjeros, para su mal’, entonces habitaré con ustedes en este lugar, en la tierra que di a sus padres desde antiguo y para siempre››.

Era su fe lo que lo llevaba a enfrentarse con el Centro judío, a desenmascararlo, para alertar al pueblo del peligroso engaño que encerraba: daba un culto que no era el que Dios quería, y a un Dios que no existía; creaba una sociedad de desiguales (de excluyentes y excluidos); daba a los sacerdotes un lugar que no les tocaba e impedía a los pobres la entrada al Reino que les pertenecía. Desde aquella primera experiencia del Padre, su fe, aquilatada en la oración, era la luz que iluminaba todas sus acciones. Y desde ella había juzgado al Templo como camino que ya no llevaba hacia Dios, y que sería destruido. (Esto sería una de las acusaciones que sacarían contra él para condenarlo a muerte).



Jesús sabía a qué iba. No tras la aclamación popular ni tras el poder político sino tras la verdad sobre el Templo. Y allá se fue directamente. La gente seguía gritando, tal vez ansiando la esperada manifestación mesiánica. El sólo miraba con atención todo alrededor: aquel mercado en que se había convertido el atrio de los gentiles, aquel subir y bajar animales para los sacrificios, las mesas de los que cambiaban dinero romano por dinero judío para pagar el tributo. Todo igual que en otras ocasiones. Y sintió que le hervía la sangre por el celo de Dios, al ver cómo se había pervertido aquella casa de oración, que debía estar abierta a todos, pero se había convertido en lugar de privilegiados, que excluían al pueblo de la bendición y de la promesa.

Su acción fue una presentación dramática deliberada de Sus credenciales como Mesías.
Pero debemos fijarnos bien en lo que estaba haciendo. Había un dicho del profeta Zacarías (Zacarías 9: 9): < ¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene a ti, justo y salvador, pero humilde, cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.» Todo el impacto está en que el Rey venía en son de paz. En Palestina, el asno no era una acémila despreciada, sino un animal noble. Cuando un rey iba a la guerra, su montura era un caballo; pero cuando iba en son de paz, cabalgaba en un asno (Sin armas). Hoy en día el burro es el paradigma del desprecio divertido, pero en los tiempos de Jesús era una montura de reyes, cuando venían en son de Paz. Pero debemos advertir la clase de Rey que Jesús proclamaba ser. Vino manso y humilde, pacíficamente y para traer la paz. Le saludaron como Hijo de David, pero no Le comprendieron.
Esperaban los judíos a un rey que guerreara, derrotara y destruyera. Jesús lo sabía, y vino manso y humilde, cabalgando en un burrito.
Cuando Jesús entró cabalgando aquel día en Jerusalén, presentó Sus credenciales como Rey, pero como Rey de la Paz. Su acción estaba en contradicción con todo lo que la gente esperaba y deseaba.
CONCLUSION 1
El burrito que trajeron no lo había montado nunca nadie. Eso era idóneo, porque cuando el propósito era sagrado no podía haberse usado antes para un uso corriente.
El cuadro que se nos presenta es el de un populacho que no sabía lo que hacía. Nos muestra a una multitud de personas que creían en la realeza en términos de conquista, que era lo que pensaban desde hacía mucho tiempo.
Le querían dar a Jesús una bienvenida de conquistador, pero no se hacían idea de la clase de conquistador que Él quería ser.
Los mismos gritos de la multitud demostraban por dónde iban sus pensamientos. Cuando extendían sus mantos por el suelo delante de Él hacía exactamente lo mismo que había hecho la multitud cuando el sanguinario Jehú fue ungido rey (2 Reyes 9:13). Gritaban: «¡Bendito el Que viene en el nombre del Señor!»
Jesús había proclamado ser el Mesías; pero de tal manera que trataba de mostrar al pueblo que sus ideas acerca del Mesías estaban descaminadas; pero el pueblo no lo veía. Su bienvenida era la que habría correspondido, no al Rey del amor, sino al conquistador que hubiera derrotado a los enemigos políticos del reino de Israel.
En los versículos 9 y 10 aparece la palabra hosanna. Esta palabra se suele entender equivocadamente. Se cita y se usa como si fuera una alabanza; pero es una simple transcripción de la palabra hebrea que quiere decir ¡Salva ahora! Aparece en exactamente la misma forma en 2 Samuel 14:4 y 2 Reyes 6:26, donde expresa el clamor del pueblo que pide ayuda y protección por parte del rey. Cuando el gentío gritaba hosanna, no era un grito de alabanza a Jesús, que es lo que parece cuando lo citamos o usamos, sino un grito que se dirigía a Dios para que irrumpiera y salvara a Su pueblo ahora que el Mesías había venido.
Ningún otro episodio nos muestra tan claramente como este, el tremendo coraje de Jesús. En aquellas circunstancias, uno podría haber esperado que Jesús Se introdujera en Jerusalén de incógnito, y Se mantuviera  cubierto de las autoridades, que estaban dispuestas a eliminarle. En vez de eso, entró de tal manera que atrajo la atención de toda la gente. Una de las cosas más peligrosas que una persona puede hacer es dirigirse a un pueblo y decirle que todas sus ideas están equivocadas. Cualquiera que intente desarraigar los sueños nacionalistas de un pueblo se está buscando problemas. Pero eso fue precisamente lo que hizo Jesús. Aquí Le vemos haciendo la última llamada del amor, y haciéndola con un coraje verdaderamente heroico.
CONCLUSION 2:
El Mesías y Rey esperado fue presentado como un Rey pobre y humilde y pensar que hoy en día los mercaderes de la fe proclaman que ser pobres no es bendición. No trajo la guerra sino la paz!
La intención de devolver el burrito lo muestra como un Rey Justo y bondadoso.
No vino como un guerrero, nacionalista ni vengativo!
El templo en la época de Jesús era puro negocio! Excluyente y para privilegiados, puro lujo! Como hoy en día las Mega iglesias, explotadores, manipuladores, puro negocio!! Amor al dinero! Creen que ser bendecido es tener plata, cuando la palabra bendecir quiere decir, decir bien! Cuando hablan bien de ti, eres un bendecido, cuando hablas bien de Dios lo estás bendiciendo! Las añadiduras es lo material, que perece! Nuestra bendición es espiritual que permanece para siempre!!
Jesús nos trae el verdadero camino de la salvación, como? Mediante el perdón y la no violencia, pero no lo reconocieron! HOY llega a nuestros corazones con Amor y para darnos Paz, ejemplo de humildad! Para que lo imitemos y obedezcamos sus enseñanzas. AMEN!!

Pr..Antonio Armenta Romano
Lic. En Ciencias Religiosas /Pontificia U. Javeriana