LA LLEGADA DEL REY
Marcos 11:1-26
CONTEXTO:
¿A qué iba Jesús a Jerusalén?. Quizá
para entender esto necesiten ustedes algunos datos para situarse.
Era la semana de preparación de la Pascua, la fiesta de la liberación de Israel. Pero
era un pueblo dominado en su propia tierra, que nunca se resignarían a tener
otro Señor fuera de Dios. Todo el pueblo mantenía la esperanza del rescate de
Dios, y muchos vivían a la búsqueda de señales del momento, para saber qué
tocaría hacer y a quién seguir. Se esperaba
que el Mesías se manifestara en Jerusalén, en el Templo, y reuniera a todo
el pueblo para esa lucha definitiva que regresara a Israel su libertad perdida.
Jerusalén tendría para entonces unos
treinta mil habitantes; y lo peregrinos que iban cada año serían unas tres
veces más, como unos cien mil. Era el
momento más importante para la ciudad, desde el punto de vista religioso,
pero también desde el punto de vista político (la confirmaba como centro del
país) y económico (por la cantidad de dinero que entraba, por diezmos, por
limosnas, por impuestos y por la compra de corderos para sacrificios y para la
cena pascual). -Un cálculo muy conservador: por el impuesto de la didracma para
el templo, que obligaba incluso a los judíos de diáspora, entraban a Jerusalén
unos quince millones de denarios al año-.
Ya pueden ustedes ver la importancia que tenía el Templo para
los habitantes de Jerusalén: era su motivo de orgullo, la clave de su identidad judía y la fuente de su economía: muchos vivían del comercio
de animales para los sacrificios; otros (l8.000, decían algunos) trabajaban en
la construcción, que aún seguía en tiempos de Jesús, otros trabajaban en el
servicio del Templo (unos 7.000 sacerdotes, y unos 9.000 levitas, tal vez). Las
cuatro principales familias sacerdotales (la de Anás, la de Boetos, la de
Phiabi y la de Kamith), que se iban turnando en el ejercicio del sacerdocio, habían amasado sus grandes fortunas gracias
al comercio del Templo. Y aunque habían perdido prestigio ante el pueblo,
por la manera lujosa como vivían, por la colaboración que prestaban a Roma y
por la manera como abusaban de la gente, sin embargo el papel que jugaban en el
Templo era tan importante que mantenían sin dificultad su posición privilegiada. El Templo era la
síntesis de la historia de la elección del pueblo judío y clave para su identidad
como pueblo elegido. El primer Templo lo había construido Salomón hacía
novecientos años, A. C. Cuando se separó el reino del norte, y Jeroboam
edificó dos lugares de culto, para que los israelitas no añoraran el
Templo, pareció resquebrajarse su importancia, pero la destrucción de Israel
bajo los asirios fortaleció su primacía. Pero luego vino la catástrofe
jamás pensada: la cautividad de Babilonia y la destrucción del Templo fue la
prueba más fuerte que sufrió su fe en Dios. Sin embargo apenas sesenta años
después se inició la reconstrucción del Templo y, con él, también del pueblo.
Su época de mayor esplendor se inició
cuando Herodes comenzó a reconstruirlo, unos quince años antes de que naciera
Jesús. Era un proyecto
que superaba en grandeza al Templo de Salomón y, por supuesto, al que se había
reconstruido cuando el regreso de Babilonia, y que varias veces había sido
destruido y reconstruido.
En el centro del Templo estaba el
Santo de los Santos, el lugar interior donde estaba el Arca de la Alianza, las
Tablas de la Ley y la presencia de Dios mismo; una enorme cortina pesada,
hecha con pelo de camello, lo separaba de la recámara anterior, que era el
Santo. La presencia de Yavé era la gloria de Israel y su distintivo entre las
naciones.
Pero la santidad no toleraba la
impureza; por eso ningún profano podía estar en presencia de Dios sin morir.
Por eso ningún impuro podía entrar en ese lugar. Sólo el sumo sacerdote
entraba, una vez al año, y revestido de todos sus ornamentos, para que Dios no
lo matara. Ese privilegio era fuente de
discriminación y separación del sacerdote y su familia respecto del pueblo,
que no podía ser invitado a comer lo que tocaba al sacerdote como ofrenda
sacrificial. Una de las contradicciones del momento era que los ornamentos
los guardaba Roma, y se los prestaba al sumo sacerdote una vez al año para ese
servicio sacro. Así que el acceso al Dios de Israel estaba también bajo dominio
romano.
Ningún judío y menos si vivía en
Jerusalén, se quedarían indiferente ante cualquier crítica o ataque al Templo.
Vivían un conservadurismo nacido al mismo tiempo de su fe religiosa y de sus
intereses económicos y políticos.
En esta situación Jesús decidió ir a
Jerusalén. Y seguirán preguntándose: ¿A qué iba? ¿A celebrar la Pascua, y lo
sorprendió la muerte? ¿O fue una acción desesperada, casi suicida?. Hay quienes
así lo han pensado. Pero nada de eso le hace justicia.
De madrugada salieron de Betania; era el lunes. Rumbo a Jerusalén Jesús
iba inquieto. Iba desazonado, con una sensación que no sabía definir; y, sobre
todo, iba dándole vueltas a lo que pensaba hacer, y que no había comentado con
ninguno de sus discípulos. ¿No sería demasiado riesgo? ¿Cómo reaccionaría la
gente de Jerusalén? ¿Y los sacerdotes, los comerciantes, los escribas?
Jesús
no dejaba las cosas para el último momento. Sabía lo que iba a hacer, y tiempo
atrás había hecho los preparativos con un amigo. Cuando envió por delante a dos
de Sus discípulos, les dio una consigna que había concertado de antemano: <
El Señor lo necesita.» Esto no fue una decisión. Improvisada y repentina de
Jesús. Fue algo hacia lo que se había ido desarrollando toda Su vida.
Betfagué
y Betania eran aldeas cercanas a Jerusalén. Probablemente Betfagué quiere decir
casa de higos, es decir, región abundante en higueras y el comercio de los
higos; y Betania quiere decir casa de dátiles, por razones parecidas. Deben de
haber estado muy cerca de Jerusalén, porque sabemos por la ley judía que
Betfagué era una de un círculo de aldeas que marcaban el límite de lo que se
podía andar en sábado, es decir, cosa de un kilómetro; mientras que Betania era
uno de los lugares dormitorio para los peregrinos de la Pascua cuando Jerusalén
estaba llena.
¿Se imaginan ustedes que alguien con pretensiones de organizar una guerra
contra alguien tan poderoso como los romanos entrara en su ciudad?. Pues cuando
se acercaban ya a Jerusalén, cerca de Betfagué y Betania, a unos 3 km de
Jerusalén, junto al monte de los Olivos, llamó a dos de sus discípulos y les
dice: ‹‹En el pueblo de enfrente se van a encontrar un burrito amarrado, que
todavía nadie ha montado. Desátenlo y tráiganlo. Y si les preguntan que por qué
hacen eso, sólo díganle que yo lo necesito y luego se lo regreso››.
Quizá era algo que Jesús había
acordado previamente con el dueño de aquel animal, pero que no quería hacerlo
muy público por lo arriesgado de lo que estaba preparando. El caso es que
cuando ellos estaban desamarrando al burrito, se les acercaron unos a
preguntarles qué estaban haciendo. Les explicaron lo que Jesús les había dicho,
y entonces los dejaron. Y empezó a correrse la voz de que Jesús había llegado a
Jerusalén.
En ese burrito iba a entrar a
Jerusalén. Era la manera más clara de decirles: ‹‹No esperen de mí un mesías
guerrero, al estilo de David; yo soy otra cosa››.
La gente seguía juntándose. Los que
habían venido con él de Galilea echaron sus mantos sobre el burro y él se montó
y echó a andar hacia la ciudad. El entusiasmo empezó a cundir. ‹‹¿No será el
Mesías, que viene a manifestarse en Jerusalén?››, se preguntaban. Y tendían sus
mantos a su paso, y cortaron ramos de plantas y pronto aquello fue un solo
grito que fue contagiando un deseo, casi una certeza: ‹‹¡Sálvanos, Rey
bendito!. ¡Bendito el reino de nuestro Padre David, que nos viene en nombre del
Señor!. ¡Sálvanos desde el cielo!››. La esperanza de liberación se hizo clamor
popular, agitar de palmas, luz en los ojos, esperanza en el corazón. V: 11 Observó todo en el Templo. Y cuando ya
estaba oscureciendo, Jesús salió de la ciudad y se fue nuevamente a Betania.
Todos iban callados; tampoco ellos se atrevían a preguntarle nada. Pero sentían
que se estaban metiendo en la boca del lobo.
Llegó el martes. V: 12
No había comido y tenía hambre. Era la
ocasión de hacer otra acción simbólica de tipo profético. Vio una higuera, (el
árbol en que tantas veces simbolizaron los profetas al pueblo de Israel) llena
de hojas y, aunque no era tiempo de higos, fue a buscar alguno para comer.
Claro, lo único que encontró fueron hojas. Y Jesús, frente a sus discípulos que
lo estaban viendo y oyendo, maldijo la higuera: ‹‹¡Nunca jamás volverá nadie a
comer frutos de ti!››.
No era un capricho; era un símbolo de
lo que ahora iba a hacer, también al estilo de los profetas. Llegaron a
Jerusalén y, en cuanto entró al Templo, comenzó a echar fuera a todos los que
vendían animales, junto con los que compraban; y volcó las mesas de los que
cambiaban dinero judío por romano, y tiró los puestos de los que vendían
palomas para los sacrificios de purificación de los pobres, y no permitió que
nadie más atravesara el Templo cargando leña, animales, pieles, nada. Era como una toma del Templo.
Jesús paralizó todas las actividades
del que era el corazón del sistema religioso, convertido en el gran negocio:
interrumpe el culto, los trabajos de la reconstrucción, que aún seguía, y toda
la actividad económica que allí tenía su sede. Era tal su decisión y la fuerza
de su mirada que nadie se atrevía ni siquiera a reclamarle. Y una vez pasado el
primer momento de sorpresa, cuando se fue calmando el griterío que suscitó su
acción, comenzó a explicarles: ‹‹Mi Padre tenía una casa para que cualquiera de
sus hijos, de cualquier nación que fuera, viniera a hablar con Él; pero ustedes
han aislado a Dios en una celda y prohíben a sus hijos que se acerquen a Él,
bajo pena de muerte; han inventado tantas ocasiones de pecado y tantas leyes de
purificación y tantas necesidades de sacrificios que se han hecho
indispensables para tratar con él. Se han apoderado de ella y cobran la
entrada. La han convertido en cuerva de salteadores en la que ustedes tienden
sus emboscadas para asaltar a los pobres que vienen a hablar con su Dios››. (No
les dijo simplemente ‘ladrones’, sino ‘salteadores’, ‘bandoleros’, gente que
ejerce la violencia para robar. Hubo una época en que las palomas para los
sacrificios de los pobres llegaron a venderse en cincuenta denarios de plata, o
sea, lo equivalente al salario de cincuenta días...).
También los esenios estaban en contra
de la administración del Templo, que debía ser purificado. Jesús estaba
desenmascarando directamente a los sacerdotes y a los comerciantes. Jesús iba
más allá: no buscaba su purificación, después de la cual pudiera servir
nuevamente al culto de Dios de manera recta; lo estaba declarando inútil,
estéril. Esa cueva de salteadores era un bello edificio, pero había perdido
su sentido y ya ‹‹nadie más debía buscar en él frutos de vida››.
Los discípulos lo miraban asombrados. Nadie
podía imaginarse que el Mesías viniera a anunciar la muerte del Templo, orgullo
y centro de la vida judía. ¿No se daba cuenta de que ahora sí estaba pisando el
terreno más peligroso que jamás había pisado?. Todos los otros choques que
había tenido con los escribas y fariseos de Galilea no eran nada comparado con
lo de este momento. Estaba minando los cimientos mismos de la identidad judía.
Los sumos sacerdotes y los escribas lo
estaban oyendo, ocultos entre la gente, y andaban buscando cómo acabar con él.
Pero le tenían miedo, porque toda la gente se había quedado muy impactada por
lo que acababa de hacer; nadie se había atrevido a desenmascarar la explotación
que se ocultaba bajo el velo de religión; nadie había salido de esa manera al
rescate de Dios y de su gloria; nadie había hablado así de los derechos del
pueblo a la cercanía del Padre.
V: 19
Cada día y muy de mañana -porque quería llegar pronto al Templo- pasaron otra
vez cerca de la higuera del día anterior. Se había secado desde la raíz.
‹‹¡Oye, Jesús, -le dijo Pedro-, la higuera que maldijiste ayer está totalmente
seca!››.V:20
Y le dijo Jesús: ‹‹No es la higuera; es
el Templo lo que está seco. Ustedes tienen miedo ante lo que he venido a
hacer. Les parece una pretensión absurda la que me ha traído acá. Porque no
tienen fe. Si la tuvieran, le dirían al Monte ese de Sión ‘¡arráncate y
arrójate al mar!’, y le dirían al Sistema religioso ese, que ha pervertido el
nombre de Dios, ‘¡estás acabado!’, y así sucederá, con tal de que no duden en
su corazón. Lo que está en juego en esta acción que realicé contra el Templo
es el nombre del Padre, traicionado por los que se han pretendido apoderar de
él. Todo ese sistema que está fundado en él ya no da vida sino muerte, y tiene
que ser destruido. El Padre no está
encerrado en el Templo, ni es el acercarse a Él lo que da muerte al hombre; es
más bien la lejanía de El que hace al hombre morir. No son sacrificios de
animales lo que El quiere, sino que el pobre viva. Tal como lo dijo
Jeremías: ‘Cuando saqué a sus padres de Egipto no les ordené ni hablé de
holocaustos y sacrificios; esa fue la orden que les di’: ‘Obedézcanme y yo seré
su Dios y ustedes serán mi pueblo; caminen por el camino que les señalo y les
irá bien’. Y también decía de parte de Dios: ‘Si enmiendan su conducta y sus
acciones, si juzgan rectamente los pleitos, si no explotan al emigrante, al
huérfano y a la viuda, si no derraman sangre inocente en este lugar, si no
siguen a dioses extranjeros, para su mal’, entonces habitaré con ustedes en
este lugar, en la tierra que di a sus padres desde antiguo y para siempre››.
Era su fe lo que lo llevaba a
enfrentarse con el Centro judío, a desenmascararlo, para alertar al pueblo del peligroso engaño que encerraba: daba
un culto que no era el que Dios quería, y a un Dios que no existía; creaba una
sociedad de desiguales (de excluyentes y excluidos); daba a los sacerdotes un
lugar que no les tocaba e impedía a los
pobres la entrada al Reino que les pertenecía. Desde aquella primera
experiencia del Padre, su fe, aquilatada en la oración, era la luz que
iluminaba todas sus acciones. Y desde ella había juzgado al Templo como camino
que ya no llevaba hacia Dios, y que sería destruido. (Esto sería una de las
acusaciones que sacarían contra él para condenarlo a muerte).
Jesús sabía a qué iba. No tras la aclamación popular ni tras el poder político sino tras la verdad sobre el Templo. Y
allá se fue directamente. La gente seguía gritando, tal vez ansiando la
esperada manifestación mesiánica. El sólo miraba con atención todo alrededor:
aquel mercado en que se había convertido el atrio de los gentiles, aquel subir
y bajar animales para los sacrificios, las mesas de los que cambiaban dinero
romano por dinero judío para pagar el tributo. Todo igual que en otras
ocasiones. Y sintió que le hervía la sangre por el celo de Dios, al ver cómo se
había pervertido aquella casa de oración, que debía estar abierta a todos, pero
se había convertido en lugar de privilegiados, que excluían al pueblo de la
bendición y de la promesa.
Su
acción fue una presentación dramática deliberada de Sus credenciales como
Mesías.
Pero
debemos fijarnos bien en lo que estaba haciendo. Había un dicho del profeta
Zacarías (Zacarías 9: 9): < ¡Alégrate mucho,
hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene a
ti, justo y salvador, pero humilde,
cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna.» Todo
el impacto está en que el Rey venía en son de paz. En
Palestina, el asno no era
una acémila despreciada, sino un animal noble. Cuando un rey iba a la guerra,
su montura era un caballo; pero cuando
iba en son de paz, cabalgaba en un asno (Sin armas). Hoy en día el burro es el
paradigma del desprecio divertido, pero en los tiempos de
Jesús era una montura de reyes, cuando venían en son de Paz.
Pero debemos advertir la clase de Rey que Jesús proclamaba ser. Vino
manso y humilde, pacíficamente y
para traer la paz. Le saludaron como Hijo de David, pero no Le comprendieron.
Esperaban
los judíos a un rey que guerreara, derrotara y destruyera. Jesús lo sabía, y
vino manso y humilde, cabalgando en un burrito.
Cuando
Jesús entró cabalgando aquel día en Jerusalén, presentó Sus credenciales como
Rey, pero como Rey de la Paz. Su acción estaba en contradicción con todo lo que
la gente esperaba y deseaba.
CONCLUSION 1
El
burrito que trajeron no lo había montado nunca nadie. Eso era idóneo, porque cuando
el propósito era sagrado no podía haberse usado antes para un uso corriente.
El
cuadro que se nos presenta es el de un populacho que no sabía lo que hacía. Nos
muestra a una multitud de personas que creían en la realeza en términos de
conquista, que era lo que pensaban desde hacía mucho tiempo.
Le
querían dar a Jesús una bienvenida de conquistador, pero no se hacían idea de
la clase de conquistador que Él quería ser.
Los
mismos gritos de la multitud demostraban por dónde iban sus pensamientos.
Cuando extendían sus mantos por el suelo delante de Él hacía exactamente lo
mismo que había hecho la multitud cuando el sanguinario Jehú fue ungido rey (2
Reyes 9:13). Gritaban:
«¡Bendito el Que viene en el nombre del Señor!»
Jesús
había proclamado ser el Mesías; pero de tal manera que trataba de mostrar al
pueblo que sus ideas acerca del Mesías estaban descaminadas; pero el pueblo no
lo veía. Su bienvenida era la que habría correspondido, no al Rey del amor,
sino al conquistador que hubiera derrotado a los enemigos políticos del reino de
Israel.
En
los versículos 9 y 10 aparece la palabra
hosanna.
Esta palabra se suele entender equivocadamente. Se cita y se usa
como si fuera una alabanza; pero es una simple transcripción de la palabra
hebrea que quiere decir ¡Salva ahora! Aparece
en exactamente la misma forma en 2 Samuel 14:4 y 2
Reyes 6:26, donde expresa el clamor del pueblo que pide
ayuda y protección por parte del rey. Cuando el gentío gritaba hosanna,
no era un grito de alabanza a Jesús, que es lo que parece cuando
lo citamos o usamos, sino un grito que se dirigía a Dios para que irrumpiera y
salvara a Su pueblo ahora que el Mesías había venido.
Ningún
otro episodio nos muestra tan claramente como este, el tremendo coraje de Jesús. En aquellas
circunstancias, uno podría haber esperado que Jesús Se introdujera en Jerusalén
de incógnito, y Se mantuviera cubierto
de las autoridades, que estaban dispuestas a eliminarle. En vez de eso, entró
de tal manera que atrajo la atención de toda la gente. Una de las cosas más peligrosas
que una persona puede hacer es dirigirse a un pueblo y decirle que todas sus
ideas están equivocadas. Cualquiera que intente desarraigar los sueños
nacionalistas de un pueblo se está buscando problemas. Pero eso fue
precisamente lo que hizo Jesús. Aquí Le vemos haciendo la última llamada del
amor, y haciéndola con un coraje verdaderamente heroico.
CONCLUSION 2:
El
Mesías y Rey esperado fue presentado como un Rey pobre y humilde y pensar que
hoy en día los mercaderes de la fe proclaman que ser pobres no es bendición. No
trajo la guerra sino la paz!
La
intención de devolver el burrito lo muestra como un Rey Justo y bondadoso.
No
vino como un guerrero, nacionalista ni vengativo!
El
templo en la época de Jesús era puro negocio! Excluyente y para privilegiados,
puro lujo! Como hoy en día las Mega iglesias, explotadores, manipuladores, puro
negocio!! Amor al dinero! Creen que ser bendecido es tener plata, cuando la
palabra bendecir quiere decir, decir bien! Cuando hablan bien de ti, eres un
bendecido, cuando hablas bien de Dios lo estás bendiciendo! Las añadiduras es
lo material, que perece! Nuestra bendición es espiritual que permanece para
siempre!!
Jesús
nos trae el verdadero camino de la salvación, como? Mediante el perdón y la no
violencia, pero no lo reconocieron! HOY
llega a nuestros corazones con Amor y para darnos Paz, ejemplo de humildad!
Para que lo imitemos y obedezcamos sus enseñanzas. AMEN!!
Pr..Antonio
Armenta Romano
Lic.
En Ciencias Religiosas /Pontificia U. Javeriana
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